Las tortugas marinas de Galápagos representan una parte esencial de la vida del archipiélago y de sus conexiones con el Pacífico Oriental. Entre las especies registradas se encuentran la tortuga verde del Pacífico (Chelonia mydas agassizii), la tortuga laúd (Dermochelys coriacea), la tortuga carey (Eretmochelys imbricata) y la tortuga cabezona (Caretta caretta). Aunque no todas se observan con la misma frecuencia, juntas muestran la diversidad de estrategias que han desarrollado estos grandes reptiles marinos.
La tortuga verde del Pacífico es la más común en Galápagos y la única que anida regularmente en el archipiélago. Se alimenta sobre todo de algas y recursos costeros, y cumple un papel importante en el equilibrio de ecosistemas marinos cercanos a la orilla. La laúd, en cambio, es la mayor de todas las tortugas marinas, de caparazón flexible y hábitos oceánicos, asociada a largas migraciones y a una dieta basada en medusas. La carey se relaciona con ambientes arrecifales y zonas rocosas, donde busca alimento entre esponjas e invertebrados. La cabezona destaca por su poderosa mandíbula, adaptada para triturar presas de caparazón duro.
Todas dependen del mar, pero también de playas y zonas costeras para completar su ciclo de vida. Sus recorridos conectan corrientes, áreas de alimentación y rutas migratorias regionales. Ver una tortuga marina en Galápagos es encontrarse con una viajera del océano, testigo de la profundidad biológica y de la fragilidad del mar que rodea las islas. En ellas, cada especie cuenta una forma distinta de habitar el Pacífico.