La iguana marina (Amblyrhynchus cristatus) es uno de los animales más extraordinarios de Galápagos. Endémica del archipiélago, es el único lagarto vivo del planeta que se alimenta regularmente en el mar. Habita las costas de todas las islas principales y muchos islotes, donde la lava, las mareas y las corrientes frías han moldeado una anatomía única.
Su hocico corto le permite raspar algas de las rocas, mientras sus fuertes garras la mantienen sujeta frente al oleaje. La cola, aplanada lateralmente, funciona como una poderosa aleta al nadar. Al alimentarse en agua salada incorpora grandes cantidades de sal, que elimina mediante glándulas conectadas a las fosas nasales; por eso es frecuente verla “estornudar” pequeños chorros salinos.
Como reptil, depende del calor externo para regular su temperatura. Después de nadar en las frías aguas de Galápagos, regresa a tierra y se extiende sobre la roca volcánica para absorber el calor del sol. Esta alternancia entre océano y lava define buena parte de su vida.
Las iguanas marinas varían en tamaño y color entre las distintas islas, resultado de una larga historia de aislamiento y adaptación. Durante la época reproductiva, algunos machos desarrollan tonos rojizos, verdes o turquesa especialmente intensos.
La especie está clasificada como Vulnerable. Fenómenos como El Niño pueden reducir drásticamente las algas de las que depende y provocar fuertes caídas poblacionales. La iguana marina resume como pocas especies la esencia de Galápagos: evolución visible, supervivencia extrema y una conexión inseparable entre tierra y océano.